Coronados
Conmovedora compañía:
a veces los prismas, a veces las campanas.
Piromanía y trabajo…
Nos sonrojamos, caballeros.

Hay menos vida en las exageraciones adquiridas.
Cientos de cabellos, cientos de cangrejos dorados,
cientos de pulgares alrededor del cuello.
Una escena epistolar nos aturde.

Yo, fijo: virtudes del sarcasmo judío.
Caras blancas sin nombre
se convierten en unidades asmáticas.

Las guillotinas de la república serias, todavía.
Hasta las sombras son presas de Saturno,
lo humano lloroso, incluso mandril.


Chocar
Ey, sapos y creadores, curiosos atados.
Nadie puede decirles quien les mintió, quizá.
Qué les parece si cantamos, quizá.
Señales de la superstición, si ustedes creen.
Qué les parece si escapamos, quizá.


Richard Linklater (suposiciones sobre películas no vistas)
La escena de los rápidos enamorados,
Como Alicias eléctricas o delfines inflables,
Despiertos en la monotonía de los trenes,
Extraños como nuestras uñas bien cortadas,

Comiendo lo que ayer fue azúcar o arena
Para arrancarse del instante quieto
En que los espejismos acechan la belleza.


Verano  
Vivimos en un pozo, gritaban las vecinas, y los pájaros les creían porque sabían cuánto tenían que descender para encontrar alimento. Vivimos en un pozo, resoplaban, y cuando llegaba el verano no tenían la ropa adecuada para bañarse en el río y cortaban con torpeza los últimos pantalones a la altura de las rodillas. Vivimos en un pozo, repetían a toda hora las radios de los barrios pobres, y no dejaban dormir la siesta.


Futuriana
No veo hierro, ni en ti ni en mis manos.
Huyendo con la ropa apretada
Comienza el tiempo de los cantos desnudos
Y la pureza deseada por las crines.

No hay pistas ni tinteros ni cálices,
En los bordes de la inocencia
La curiosidad es de las cartas por sus destinos,

Y es tu estatura más arcana que los perros,
Y los callejones brillan tercos,
Y ni siquiera tienen luz.


Insolación
El palmar sobre la tinta silbando,
lejos de la maldición bajo el alcohol.
Una vez una playa solitaria.

Y burlando la pluma un malecón despintado,
dos brazos anónimos sobre el mar.

¡Tengo un barco! ¡Los demás no tienen nada!,
grita el marinero loco de ron y sal.


Protesta
Corría cantando, corría muriéndome y
gritando entre los olivares tiernos
con un cuidado geométrico.

El mundo necesitaba de las mentiras,
de la fluencia silenciosa del perro a Dios
o el acecho continuo de las garras de los pájaros.