Verano  
Vivimos en un pozo, gritaban las vecinas, y los pájaros les creían porque sabían cuánto tenían que descender para encontrar alimento. Vivimos en un pozo, resoplaban, y cuando llegaba el verano no tenían la ropa adecuada para bañarse en el río y cortaban con torpeza los últimos pantalones a la altura de las rodillas. Vivimos en un pozo, repetían a toda hora las radios de los barrios pobres, y no dejaban dormir la siesta.


Futuriana
No veo hierro, ni en ti ni en mis manos.
Huyendo con la ropa apretada
Comienza el tiempo de los cantos desnudos
Y la pureza deseada por las crines.

No hay pistas ni tinteros ni cálices,
En los bordes de la inocencia
La curiosidad es de las cartas por sus destinos,

Y es tu estatura más arcana que los perros,
Y los callejones brillan tercos,
Y ni siquiera tienen luz.


Insolación
El palmar sobre la tinta silbando,
lejos de la maldición bajo el alcohol.
Una vez una playa solitaria.

Y burlando la pluma un malecón despintado,
dos brazos anónimos sobre el mar.

¡Tengo un barco! ¡Los demás no tienen nada!,
grita el marinero loco de ron y sal.


Protesta
Corría cantando, corría muriéndome y
gritando entre los olivares tiernos
con un cuidado geométrico.

El mundo necesitaba de las mentiras,
de la fluencia silenciosa del perro a Dios
o el acecho continuo de las garras de los pájaros.


Reescritura de “Gloria in excelsis Deo” de Inés Aráoz
Acaso era un silencio -ese poema- hundido en las bocas
del río nocturno perdedor de lo guardado.
El pacto inexplicable, su misma superficie y su profundidad.

Resplandecía en la isla la costa llena.