Carta a Hernán Sagristá
Los barcos y sus perros,
guardando el aliento por las opiniones del calendario
mientras sus fechas desaparecen en alta mar.

La humedad y sus perros,
juntos en los vapores internos de los ríos,
en los crímenes de luna llena.

Los borrachos y sus perros,
pasados de moda con elegancia,
volviéndose invisibles en los gases de la luz.

Los volcanes y sus perros,
durmiendo en otros mundos,
despertando a ladrar la noche pública de nuestros valles.

Los hospitales y sus perros,
cuerpo de dos cabezas, tan descalzo, tan cansado,
que desconoce los relojes.

Las prisiones y sus perros,
en la misma hora distantes y cercanos,
rascando el aire con sus manos rojas.

Los poetas y sus perros,
encargados solemnes de la pólvora,
siete veces para que los salmos entren en razón.


Una investigación antes de la mentira

-¿Quién es Hemingway?
-Un tipo que repite lo mismo una y otra vez y otra y otra vez,
hasta que uno empieza a creer que debe de ser algo bueno.
Raymond Chandler, Adiós Muñeca.

Hay poemas así,
donde rara vez llueve y un poco de racismo es bienvenido.
Con las maldiciones listas
en las voces raspadas del suburbio,
con búhos fumadores,
socios comprensivos,
luces amarillas,
parecidas a abejas perdidas,
erguidas sobre tipos de camisas acaloradas,
maravillados con la sensación de hablar mal del clima
o muy bien de la comida mexicana.
Con el reverso del alma flotando en la costa,
contando las tradiciones aparecidas,
tempranas en lo culpable,
de ahorcados con las joyas puestas
y las medias escondidas,
que gritan a Dios y a los muelles
qué mentones llevan esas mujeres,
las de las ambiciones tristes,
que toman los juegos, las trampas,
las copas de un detective que solo es importante
porque todos los crímenes pueden ocurrir.
Y así piensan los gatos también,
esos que nunca caminan explotando
y se esconden con el ojo en la procesión y el tráfico,
olfateando a la mujer que te sigue
sobre la linea del mar,
porque el dinero suele suceder cerca del mar
mientras preguntas cuál es el apuro,
si todo nos lleva a mansiones y lujos
donde antes había una buena ciudad,
lejos de la caída del sol,
de la primera palpitación,
que siempre va enfundada en el amor que se fue
y cambiando soplones y cafeterías
por las soluciones que se van encontrando como imanes
cuando el detective vuelve a creer.
Y perdón si algún pájaro encontrado es puesto en apuros,
pero un crimen resuelto guarda todo,
pastillas y noticias,
mil cigarrillos,
caramelos que son suertes
para el buen ojo angustiado,
amado por las rubias armadas y las deudas,
y la comunicación de los gatillos,
que cumple un deseo amargo
sobre el final feliz de la justicia.


Tarot de tus melodías
Y de noche apareces,
sin acelerar las sobras,
tierno de por fin,
con ramas portátiles
para atravesar los edificios.

Cuántas fotografías caben en tus dedos
si acompañas mi ropa
entre las ranuras de tu cuerpo,
mientras las dedicatorias
despegan a los lienzos de la luz.

Quizá del intranquilo ahora,
cuando tus hojas marcadas por los domos
parten de la mañana porque el aire se vuelve gris,
entienda el bien que puedo aprovechar
de los caballos y los incendios.


Reescritura de “Las cuatro de la madrugada”, de Wisława Szymborska (nueve a.m.)
Hora que la noche nos devuelve.
Hora de los otros costados de la luna.
Hora para estudiantes ruidosos.

Hora pasada del acecho de los gatos.
Hora en que la tierra exhibe nuestros pobres hombres.
Hora en que el viento se detiene ante nuestras penas.
Hora y-si-delante-de-nosotros-no-quedara-nada.

Hora de castigos, de prisa vacía.
Para hablar en silencio, sonámbula.
Maraña de todas las horas.

Nadie se siente bien a las nueve de la mañana.
Si los poderosos se sienten bien a las nueve de la mañana,
habrá que felicitarlos. Y que lleguen las diez,
si es que tenemos que seguir viviendo.


Síntesis del panal (para formar hexágonos)
las multitudes sonrojadas
los amantes no favoritos
la mano en el cortafrío
los tramos del sometimiento
la palabra que esboza las garras
el lobo en la mirada de Dios


Mulas
Mujer sagitada,
en la abundancia solitaria
repites y organizas
las sorpresas,
los esfuerzos,
nuestra rabia,
todas las sobras.

Pequeño páramo,
de vientos como quejas,
desarmas fríamente
los encajes,
los tulipanes,
nuestra ternura,
todas las sombras.

Racimo paciente,
que aguardas codas de los árboles,
soportas manos,
herencias,
escasez,
nuestra profundidad,
todas las bocas.

Profundidad del mar,
afortunada insinuación,
observas y desconoces
el óleo,
los pasos,
nuestra monotonía,
todas las palabras.

Poema de la fiereza,
sin hijos ni advertencias,
clavas una nueva lanza
en las ideas,
las famas,
nuestro monólogo,
todas las furias.


Simplemente fallo y observo el cielo
Qué gravitación de antiguo mundo, de peso, de fuerza.
Qué desahogo me encuentra para acechar la felicidad.
Qué hago descansando mientras el mundo habla.
Qué malhumor me trajo hasta aquí, obstinadamente.
Qué prudencias, entonces, no he escuchado.
Qué perdones me serán negados por estos blandos momentos.
Qué me sostiene mareado y seducido.
Qué desesperación, qué curiosidad seguirá.
Cuéntame amor, qué.