Una miniatura
En el centro de la ciudad más clara la borrosa Oude Kerk suspira. Vieja de llagas y oraciones calla sus muros apretados mientras la marca del último sol se aprecia como un traspié. La calidez de los prismas se convierte en una ceguera amarilla cuando intento guiar mis manos hacia un silbido oportuno. Ojos fríos, café y limosnas, son pruebas mansas de lo decorativa que es la abundancia. Creo entender la poca pasión que despiertan mis manzanas junto a mis ropas en falta, pero no tengo tiempo en el ojo para vanidades o suplicios inventados.
Ya en la noche perfumada de plomo desaparecen las excepciones y las semejanzas hipnotizan la vejez de las palomas. Amsterdam se ríe con los ecos de sus canales y las certezas que parecen desechos apenas sexuales. Sucede también con un demonio más empobrecido que yo, un desafortunado que atraviesa entero la soledad del neon junto con todas las manos antiguas que arañaron la arquitectura.
La niebla se vuelve crema en las calles donde niños ricos y pobres corren y pedalean duramente sus cuerpos. ¡Y quién sabe si para una circunstancia como ésta no habré llegado a ser hombre! No se me ocurre, ni intento, aprobar otra admiración en esta errancia. Solo enfurecido continúo la marcha sobre el revuelo. En la piedra sobre la piedra, enraizado sobre mis obsesiones, me escondo irónico, maldiciendo la inutilidad del polvo presente.


Una admiración y una pregunta ahogada
selva tejida anudada
tu creación y artesanía
son desconocidas para mí
igual que las ciencias falsas
y las partes de un trueno

pero no quiero distraerte
ni despertar en tu noche asombrosa
ni siquiera preguntarte
por la función almidonada
de los sombreros con forma geométrica


Superficie difícil 
últimos gatos extraviados
observan torres y atardeceres enteros
de labios calmos con curvas e ilusión
es el sonrojo de los equilibristas más sanos
dueños de rectas y seísmo

nuevas porciones de electricidad
buscan siempre nuevos moldes blancos


Singerie (una muerte de Dylan Thomas)
Tiéntalo pobreza
mientras va sacudido por la prisa
de la camarada leche

Con la médula embriagada
la tragedia le parece un cachorro
en dieciocho vasos de whisky

Harto de crepúsculos extranjeros
hecho polvo hacia la luz
camina el canon o una siesta de monos

Los verbos de la noche en su espalda
matan todos los fantasmas
que entretuvo con sus nervios

Las piezas del oro común
son para la dama retratada por las esquirlas
una grulla en alza con rosarios decepcionados


Citados en la inmensa repetición
respiramos como las piedras
La mirada satisfecha en el plástico
angustia a las flores pegajosas
de los manteles en las comidas

Ay el arte y sus hechizos
Búscalos en los libros
son de alientos largos
de esos que soportan ver con cuidado
si soportamos el descuido de morir


Perdón pero he pensado en el suicidio
La montaña estaba tan fría
con la sexualidad atrapada en la niebla
que pensé que el agua de su falda
no pararía nunca de caer
Llovió tan pronto esa noche
de excepcional magia vieja
que hasta olvidé por qué odiaba
Un árbol extranjero
con sus ramas entre los escalofríos
reprendió mi espalda roja sin vida
Me había sorprendido manso en mis reflejos
embobado por la sangre
con la devoción entera cayendo de mis manos
Por eso no le pedí perdón a él
ni a su dulzura de naranjas y caricias
Y no recuerdo desde entonces
desde que caí de los costados de la luna
cuál ha sido mi mayor pecado


Nosotros
amontonados
alcohólicos
disimulando
en campo seco
obsesionados por una voz
dos voces
mil voces
apenas pretendiendo
algún azar
no demasiado arrugado
para cortejar
los ríos del interior