El oso libre del oso admite la niebla
De donde vengo rengueando brillos
el infortunio de los desatendidos
es la letra rojiza cayéndose
El cuento húmedo que no respira

Una ironía en la herramienta
de las maracas proletarias
limpia las suertes inexpresivas
de los campos de sapos y victorias

La orilla sangrante en la histeria del siglo
luce quieta el revés del milagro
Su espuma nos observa descalzos
en el horror de la mañana

Una sanción mojada un rigor temprano
nos niega amargamente
mientras la corona del panal eléctrico
acecha sin moda ni modales
alacenas rojas vencidas

Y ahora que nos extrañamos
inútiles y lejanos
placenteros como la piedra
nuestra mala interpretación comunista
nos sonroja aturdidos


Al Cristo de blanco músculo
Pendula un cuerpo sin descanso
mojado por metales y auspicios
Pendula sin ver ni escoger

Herencia de la nostalgia
sus momentos invisiblemente rojizos
encadenan memoria y obsequios
sobre carne abandonada

Una genealogía creyente se desliza acechándolo
Silba entregando jirones de tiempo
cobrando la parte doblada de la noche

Al verlo descarnado
lamido por el salvaje movimiento
como una adoración sin pertenencia
arrepiente al frío de enloquecerlo


Otras cinco despedidas
Adiós adiós
góspel placer
rubor que llora
las horas brillantes

Adiós adiós
porciones del enjambre
desencontradas
por los espantos del cariño

Adiós adiós
naranja enfurecido
de las ciudades
que han sido culpadas

Adiós adiós
belleza de Calipso
que la política
ha inspirado

Adiós adiós
a la panza a la pesca
a los puentes de palitos
enraizados en la psicodelia


Fría agitación libre
¿Un éxito eventual sería capaz de convencernos de nuestra mediocridad?
Oliverio Girondo

en la luz irresistible destemplada forma
criatura exacta pisa los ojos
mueve bordes galvanizados lenguas y lívidos
celosos que descorazonan adorándola
congelan el ruido con suertes de bocas aojadas
y olorosos muebles muertos
artefactos tibios celebran
cuando de la virginal locura
se arranca la saciedad posible
su apuesta acorazada
acecha nuestros géneros


Oración de los acorralados (20-10-17)
Gallo paciente, cuando anuncies la euforia de setiembre,
trayendo las lluvias reconquistadas,
cuida nuestras envidias y pretensiones;
nuestros alborotos solitarios.

En tu plumaje intransitable
lavaremos nuestra histeria de ciudad.
Los fieles nos reconocemos;
nos volvemos inmortales en los campos sin patriotas.

Ten cuidado entonces, querido gallo:
cuando lo único que nos quede sea la curiosidad
estaremos negados
por los estómagos más descoloridos.

Pisa por nosotros todos los corrales
y la verde isla de la consciencia;
constrúyenos puentes apurados de palitos
para transitar el hambre.

Te prometemos, gallo santísimo,
que cuando nazca el invierno,
nos iremos sin saludar, con la luna del cazador,
tambaleándonos; casi borrachos al azar.