Tarot de tus melodías
Y de noche apareces,
sin acelerar las sobras,
tierno de por fin,
con ramas portátiles
para atravesar los edificios.

Cuántas fotografías caben en tus dedos
si acompañas mi ropa
entre las ranuras de tu cuerpo,
mientras las dedicatorias
despegan a los lienzos de la luz.

Quizá del intranquilo ahora,
cuando tus hojas marcadas por los domos
parten de la mañana porque el aire se vuelve gris,
entienda el bien que puedo aprovechar
de los caballos y los incendios.


Reescritura de “Las cuatro de la madrugada”, de Wisława Szymborska (nueve a.m.)
Hora que la noche nos devuelve.
Hora de los otros costados de la luna.
Hora para estudiantes ruidosos.

Hora pasada del acecho de los gatos.
Hora en que la tierra exhibe nuestros pobres hombres.
Hora en que el viento se detiene ante nuestras penas.
Hora y-si-delante-de-nosotros-no-quedara-nada.

Hora de castigos, de prisa vacía.
Para hablar en silencio, sonámbula.
Maraña de todas las horas.

Nadie se siente bien a las nueve de la mañana.
Si los poderosos se sienten bien a las nueve de la mañana,
habrá que felicitarlos. Y que lleguen las diez,
si es que tenemos que seguir viviendo.


Síntesis del panal (para formar hexágonos)
las multitudes sonrojadas
los amantes no favoritos
la mano en el cortafrío
los tramos del sometimiento
la palabra que esboza las garras
el lobo en la mirada de Dios


Mulas
Mujer sagitada,
en la abundancia solitaria
repites y organizas
las sorpresas,
los esfuerzos,
nuestra rabia,
todas las sobras.

Pequeño páramo,
de vientos como quejas,
desarmas fríamente
los encajes,
los tulipanes,
nuestra ternura,
todas las sombras.

Racimo paciente,
que aguardas codas de los árboles,
soportas manos,
herencias,
escasez,
nuestra profundidad,
todas las bocas.

Profundidad del mar,
afortunada insinuación,
observas y desconoces
el óleo,
los pasos,
nuestra monotonía,
todas las palabras.

Poema de la fiereza,
sin hijos ni advertencias,
clavas una nueva lanza
en las ideas,
las famas,
nuestro monólogo,
todas las furias.


Simplemente fallo y observo el cielo
Qué gravitación de antiguo mundo, de peso, de fuerza.
Qué desahogo me encuentra para acechar la felicidad.
Qué hago descansando mientras el mundo habla.
Qué malhumor me trajo hasta aquí, obstinadamente.
Qué prudencias, entonces, no he escuchado.
Qué perdones me serán negados por estos blandos momentos.
Qué me sostiene mareado y seducido.
Qué desesperación, qué curiosidad seguirá.
Cuéntame amor, qué.


El desuso de los ruidos
Gatos sombreados, incapaces,
con otra imaginación.
¿De balcón, de fuga?

Quizá de rocío prisionero,
lamentando haberse
perdido el centro del texto,

convertidos en capricho
por todos los rincones
del silencio.