He descubierto que durante el sexo con la noche
la música es una diabla canina dispuesta a nuestras órdenes.
En las antigüedades judías había heredado el amor de Salomé,
su violencia de vajilla cara me susurraba
Algo puedo hacer para que te duermas.
He copiado con exactitud extraordinaria
las supersticiones y los malos modales
de los viejos apócrifos que rasgaron el desierto.
He visto los premios de barro que recibían
las prostitutas y los ajedrecistas
cuando yo me llevaba la perra renga de la manada
porque era lo que debía hacer por ellos.
He aceptado los murmullos de la prosa americana
a cambio de una muerte aristocrática inglesa.
Pero en campos histéricos, postergados para los apóstoles,
me aferré salvajemente al deseo de resurrección.
He dudado como los encerrados, pero me acostumbré.
En la celebración de los matrimonios
me sacudí la vendimia que me desgreñaba
con las alucinaciones del amor de los suplicantes.
Sentí lo resbaladizo que estaba el afuera de la poesía
y esperé con el hígado anisado.
Me he quedado sin tiempo para los ángeles y la sangre ajena.
He sospechado.
He creído.
He visto al Cristo de Blake.
He cocido sus entrañas
y he olvidado el porqué.
Etc.

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