Afuera camina solo el viento de la siembra,
pero no alcanza para despertarnos.
Respira el cuarto que nos rodea como un mundo en silencio,
yo rezo tu duermes. Somos imperfectos.

Y ojalá no te preguntes, en el columpio del sueño,
por qué sobran libros cerrados como sangre hirviendo,
ni tantas otras locuras convencidas.
No te preocupes, yo seguiré salvaje en tu oído,
nos protegeré como a una miniatura, con algún salmo ordinario.

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