Una miniatura
En el centro de la ciudad más clara la borrosa Oude Kerk suspira. Vieja de llagas y oraciones calla sus muros apretados mientras la marca del último sol se aprecia como un traspié. La calidez de los prismas se convierte en una ceguera amarilla cuando intento guiar mis manos hacia un silbido oportuno. Ojos fríos, café y limosnas, son pruebas mansas de lo decorativa que es la abundancia. Creo entender la poca pasión que despiertan mis manzanas junto a mis ropas en falta, pero no tengo tiempo en el ojo para vanidades o suplicios inventados.
Ya en la noche perfumada de plomo desaparecen las excepciones y las semejanzas hipnotizan la vejez de las palomas. Amsterdam se ríe con los ecos de sus canales y las certezas que parecen desechos apenas sexuales. Sucede también con un demonio más empobrecido que yo, un desafortunado que atraviesa entero la soledad del neon junto con todas las manos antiguas que arañaron la arquitectura.
La niebla se vuelve crema en las calles donde niños ricos y pobres corren y pedalean duramente sus cuerpos. ¡Y quién sabe si para una circunstancia como ésta no habré llegado a ser hombre! No se me ocurre, ni intento, aprobar otra admiración en esta errancia. Solo enfurecido continúo la marcha sobre el revuelo. En la piedra sobre la piedra, enraizado sobre mis obsesiones, me escondo irónico, maldiciendo la inutilidad del polvo presente.

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