Siempre es una charla con Dios (o un concurso literario)
Dame dos o tres orígenes indeseados;
necesito pretender las angustias
en la siesta de la provincia.
Dame también la seguridad
de estar frente a la alquimia;
junto a todas las partes del hechizo.
Dame el olvido de tus gestos,
globos de colores extranjeros,
llenos de tranquilizantes.
Dame la autopsia de los electrodomésticos,
monstruos que nos acechaban sin culpas
en nuestras preocupaciones.
Ahora en la emancipación te suplico:
por el plástico, por el afuera de las cosas;
mi exotismo como masa resplandeciente.
Me encomiendo al roce de las superficies,
arrugadas de mentiras y súplicas,
al código de las estrellas derribadas
como una reunión de putas rosas.
Dame la cola de una bestia solitaria
y cuatro caras en cada dedo
para aconsejarme adiestramiento y medicinas.
No, amor no… ni soberanías pardas…
No me plagies con el amor o las cátedras,
enfrentemos que es expansión.
En condiciones meteorológicas ideales,
necesito especias y oligarquías,
un poco de caminos glaseados
y los infartos de las ranas verdes de la costa.
Dame menos pistas y nazis sentimentales:
mantos para calmar humores rapiña;
posesiones de los desafinados.
Dame lo quitado en ensueños,
los lanzallamas invisibles,
los recuerdos más heridos,
tapados de especulación,
que aturdieron la cachetada
de mi padre a mi madre.
Devuélveme los talismanes calientes,
elogios de las noticias fúnebres.
Que me introduzcan al pesebre
y a las viejas máquinas ordinarias.
Necesito recuperar el tiempo;
la falange de los reyes adorados
para cortejar mi cuello y mis manos.
Sorpréndeme con la transformación
que se da en los mares acechados.
Sé lo que es, siempre hay más más más.
Recompénsame con la ansiedad
del errante frente a la joya,
con las danzas muertas
dispuestas a revivir y escandalizar.
Acércame a lo heridos casuales
que se quedaron hermosos
en los campos de batalla.
Dame a los tigres maldecidos,
aquellos que han sido engañados
como peces indefensos.
Devuélveme la confianza en el alcohol,
la diarrea y el delirio de la vanidad;
el sensual después.
Acércame a las memorias de ella;
que las mías son un pliego sádico.
¡Ah!, y la jardinería, también.
Las manos sucias, los azotes,
esa hermosa consideración
de la que gozan los médicos
que no saben que hacer con tu vida.
¡El metal más preciado de la sociedad!

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