Baudelarius: Por doquier, la animalidad mía suelta.
Desprotegidos de la soledad y los encantos, los poemas son para las plazas llenas de animales; descendientes que nos muerden las ganas y los escudos. Desatados de los claustros y las campanadas intimatorias, nos recuerdan con saña que la juventud muere en el amor. Y, repentinamente, en la indecisión del otoño, nos quedamos paralizados por todo lo que gime en las noches apócrifas.
Aun así, me siento perdonado, bendecido e insoportable: Los íntimos diálogos que sostienen mis ojos con los del gato terrible, que araña el piano airado, me premian en la siesta del pueblo.
Juntos vamos robando escapatorias, oleadas de gentil naranja, que se nos ofrecen a los aspirantes de los mejores paganos; pasadizos infinitos donde flotar más allá del humo de los satisfechos.
Sabemos: La aridez de la semántica encanta al diablo natural; a los antiguos y salvajes sexos que nunca fueron encarcelados por los frescos.
Aquellos exquisitos que, ante la fatalidad de las nuevas luces, preguntan desorientados: ¿Qué están construyendo ellos?