La infancia de Momo: Coral de recuerdos

I’ll tell you all my secrets, but I lie about my past
And send me off to bed for evermore
Tom Waits, ”Tango Till They’re Sore”, 1985

Lo primero que recuerdo:
En el cuarto separado de su mesa de trabajo,
de sus revistas, de sus tijeras y pegamentos,
de sus discos de Aníbal Troilo y Floreal Ruiz,
se apilaban las partes del muñeco
a medida que las iba terminando.
Siempre fui el primero en ver su cabeza,
sus manos y sus largas piernas sueltas,
su cogote grisáceo y desteñido
que todavía conservaba las noticias del diario visibles.
Un rey desarmado; incrédulo en un rincón.

Los índices de la memoria,
cuando los momentos son demasiados,
no se animan a señalar culpables o escrúpulos,
simplemente dejan todo el trabajo a los pesados ojos.
Cuando estos terminan de cerrarse:
Imprecisión, ondulamiento, cierta discreción heredada.

…¿vendrá este año el juez Minella?…

…no creo, ya está muy viejito…

…hay que preguntarle a Carlitos…

…ese no le da bola a nadie, está todo el día con el karate y esas cosas…

Santa Fe.
Barrio Candiotti Norte.
Ninguna plaza cerca.
El carnaval y la quema del Rey Momo.
Febrero, creo…
¿O marzo?

La melodía brotaba de los patios;
húmedos e insoportables sobre la muerte de la tarde.
Nunca aprovechamos esas cumbias tan sonadas,
porque bailar era vergonzoso y estaban todos los vecinos mirando.
Entonces, éramos niños.

Un momento importante por hermoso:
Nos olemos en silencio; temerosos.
Movemos nuestras piernas inquietas
debajo de las mesas distantes.
Hoy me arrepiento de esos espacios solitarios
que podían juntarse tiernamente en una canción.

…supongo que estoy enamorado…

…deberías tratar de decírselo a Romina…

Momo estaba todo engalanado ya:
Saco, moño y zapatos negros,
la piel color salmón en las manos y naranja en las mejillas,
enormes pantalones con rayas verdes y amarillas,
su gorro era un balde forrado con tiras de papel satinado.

…¿a quién se parecerá el muñeco este año?…

…Maxi me dijo que el viejo le estaba haciendo un bastón…

Su expresión era siempre la misma:
La de un pobre orgulloso que cargaba la fría gracia
que solo el gris y negro de los diarios
y las arrugadas manos de Don Teófilo podían darle.
Una cara rígida, llena de noticias de política y deportes,
viejas decepciones o simpatías para cuando les tocaba arder.

La búsqueda de recuerdos,
que nunca fue una pasión colectiva,
es una voz prisionera,
oblicua y aterrada en el tiempo
para no recurrir u olvidar a los padres.

…tu abuela rezaba todo el año para que esa noche no llueva…

…te preocupabas por deshacerte el peinado que te hacía delante de Romina…

…¿te gustaba Romina?…

Crack, crack, crack.
Se quebró, ya no lo intentes arreglar.
¿Qué decía esa canción que escuchábamos en el patio?

Don Teófilo se pasaba todo el verano con engrudo y papel,
pariendo y pariendo el muñeco,
trabajaba en un patio interno lleno de luz y bruscas plantas.
En el fondo de la casa siempre se escuchaba una radio
que transmitía tangos y la voz tenue de una mujer.
Todos los años le cambiaba la ropa y el color a Momo,
pensaba sus gestos, improvisaba sobre la camisa, se ilusionaba;
un año su parecido con el General Perón
fue el chisme de todos los vecinos.

Pobre extraño, muñeco que carga una sola vocal en su nombre,
nunca sabía que se quemaría en cinco minutos.
¿O sí?
¿Acaso podía oírnos y vernos mientras sufría en calma?

Creo en ese rey y siempre sueño un rey,
como la necedad hermosa de la noche que brilla,
o un sonido poco evidente que termina con todo.
Solo con un rey cambiante en los carnavales
está el renacer y la muerte nueva de los recuerdos.
Respirando, caminando, intentando.
¿Qué es ese modo de vivir?
Al rey preciso le cantamos: Hola hermoso Momo…
Él, aparente desconocedor de las melodías y las intenciones,
nos deja que le acariciemos sus manos de mimbre
o intentemos robarle el sombrero.

…vos y tu hermana tienen que portarse bien porque va a haber mucha gente…

…sí, tu padre va a venir; pero va a estar ocupado cobrando en la parrilla…

…o sea que no estaremos mucho con papá…

Todavía hay una foto, amarillenta en el álbum,
donde mi papá está cobrando los choripanes,
las cervezas y las hamburguesas.
Aún tiene pelo y su camisa está toda transpirada.
Al lado suyo, sobre una mesa con un choripan a medio masticar,
tomándose una cerveza, con su enorme bigote de policía,
está nuestro vecino Huguito Tocci.

…sí, a mi mamá le tocó hacer las pastafrolas…

…mamá: voy al kiosco a comprarle los cigarros del yacaré a Don Teófilo…

“Carnaval de la calle Rio de Janeiro
Entre Belgrano y República de Siria
Todos los vecinos invitados
Quema del Rey Momo
Lotería y Otros Juegos
Parrilla y Bebidas”

Los carteles los hacía a mano Silvia, la mamá de mi amigo Alejandro.
Nos compraba una pelota nueva por pegarlos a todos en una tarde.
Esa era nuestra pequeña pero reconfortante ocupación.

…y Don Teófilo repetía lo que yo suponía que era una canción de su infancia…

…y este llanto mío entre mis manos
y ese cielo de verano
que partió…

Nómbrame tu primera tierra,
tu primer silencio, el vaivén del sauce de la esquina
o la acción impredecible de la sangre sobre la sangre.
¿Cuál es la incógnita que debemos atender como memoriosos?
Un hombre planea la destrucción de todo:
Primero se contorsiona, se aleja,
se refugia, se descompone.
Pierde moléculas, grasa, músculos,
sufre todas las verdades y juicios,
y cree en salvarse a pesar de todo.
Desaparece con triunfante facilidad,
en una música triste y llena de dolor.
Como una tormenta que cruje súbita en la proa,
como un secreto que nunca deberíamos intuir,
como un animal que embiste la puerta del corral;
preciso y orgulloso, después, sale a vengarse de todos.

…¿cómo se llama esa canción?…

…de tu país ya no se vuelve
ni con el yuyo verde
del perdón…

Una vez leí que Don Teófilo había escrito:
“Porque los reyes son todos gordos,
bestias destacables, invasivas y directas.
Anatomía feliz, Ellington en las pisadas
y cuando un rey construye; quiebra.”
Era un papelito amarillo que escondió apenas me vio.

Huguito Tocci lavaba su Ford Taunus naranja en la calle.
Mi papá siempre lo criticaba por eso.
Lavar el auto en la calle, a la vista de todos,
era un acto de peronismo extremo,
una grosería para el radicalismo de mi papá.
Se reía de él, pero lo saludaba cuando lo veía:
Hugo, ¿Cómo estás?
Estaba igual que todos, papá.

…hoy vamos a adornar la carroza, hay que preguntarle a la turca a qué hora…

…¿ya le preguntaron al marido si este año puede?…

…siempre puede, que no joda…

La carroza no era más que la camioneta rendida
del callado marido de la turca.
Pobre hombre, pobre camioneta:
nunca nadie supo sus nombres,
y todos los años llevaron juntos,
como dos cancilleres traidores,
a un rey a la quema.

Puros hornos de la memoria, las calles; porque eran nuestras casas.
Rio de Janeiro pasó a llamarse Luciano Molinas.
Pueden acaso imaginar eso:
Cambiarle el nombre a nuestra calle,
y ponerle el de un señor que no conocemos.
Así seguimos habitando recios,
ese cuenco de humedad litoraleño olvidado,
con la esquina que era una cancha de juegos,
con las bolitas de los paraísos y los sauces.
Rio de Janeiro… Rio de Janeiro…
Incluso cuando era un adolescente,
acostumbrado ya a la desaparición de los carteles
con el viejo nombre que remitía al Brasil,
si alguien me preguntaba por la calle Luciano Molinas
ponía cara de ingenuo y contestaba: “No tengo idea”.

…Yuyo Verde…

…si hoy encontrara a Romina le cantaría Yuyo Verde…

Todos convivimos en un pozo dulce,
olvidando en esa noche estatua,
las desconfianzas, los chismes y las obligaciones.
Los adultos comparten borracheras cautelosas
mientras los niños asaltan la calle como grillos.
Pensamos: Hoy nos ven los árboles a todos juntos,
con nuestra fiesta, los chispazos de los cohetes
y la brisa de la laguna acrecentándose.
Hoy… una lucecita parece soplarnos a favor,
esta calle se transforma en una isla con festejos,
y acuérdense que vamos a quemar a un rey…

…para los niños era un espantapájaros en la ciudad…

…somos niños, pero no nos asusta el rey…

…algunos de ustedes debe aprender a hacer el muñeco, yo estoy muy viejo…

Lo siguiente que intuyo es la mañana siguiente:
Cuando la calle está despertando sola,
con papeles dormidos que vuelan en remolinos de risas,
cuando el carbón todavía humeante
y los fantasmas de todos nosotros
brillan como viejos faroles.
Ahí mismo está el Rey Momo terminando de morir,
para renacer en nuestras manos; en el próximo carnaval.

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