Una anciana parlera pone el pie al tonto enamorado (de lengua y porte muy dulce)

“Además, me aburre la dignidad.”
Charles Baudelaire, “Pérdida de aureola”.

A la amada serena, una advertencia le hizo la anciana:
Mire que se recuesta en agaves reposados y espadines, con uvas negras y viejas.
Usa túnicas apestadas del perfume más precario del mercado,
esas ropas que solo atraen mujeres transparentes y sexo apresurado.
Le digo esto, ansiada joven, porque yo, como amiga y protectora suya,
caigo; cuando veo acompañar como deshilachadas banderas
a esas transparentes esposas de burócratas, carnes de plumas
y narices coloradas, llenas de pinturas e intrigas,
que mecen las almas de los idiotas llenos de parsimonia,
en una fatídica náusea que me llama y me quita el sexo del cuerpo.
Incluso, y no estoy segura de confiarle esto, lo nombran como alguien
que tiene más saleros que un parisino; de esos que roban y vandalizan
los mojones de los ricos luego de cerrar los burdeles en honor a Villon.
Y todo esto que le confío, sin exageraciones mi querida, lo sé de buenas lenguas:
Lo murmuran los viejos encías, con culos de besugo, rotos de opio en los puentes
y lo grita la ingenuidad de lobatos que matan la espuma del mar con la mirada;
esos tímidos que lo vieron mientras se besaba, mientras desnudaba sus monstruosidades, mientras media Praga excitada gemía con él al amanecer.

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