30 membrillos
Como en todas las partes del amor al soñar,
hay un relato desenlazado que es un opiáceo para las penas:
la vendedora de camarones, enamorando las almas,
me sorprendió poniendo agua y monedas a las flores.
¡Cuánta vergüenza y enojo sentí al verme desnudo!
Yo era apenas un judío entre las ninfas,
con la orgía deseada: muslos como gajos y descalzas,
todas sus ropas volaban por los aires; entreteniendo al viento.
Se te nombra por tu sombra, le dije mirando su boca inacabada.
Eres incertidumbre al despertar y ansias de la sospecha nocturna
que nos lleva a la locura de creernos vivos.
Mientras me iba resolviendo, más me iba cayendo,
y membrillos dorados desde la mesa más cercana
me miraban sonrientes mientras se acababan el vino:
aquellos caballeros, alegres compañeros de un puritano en el burdel.