Judas y Jesús, los otros
Llegan juntos, con las manos ennegrecidas de sudor y los cuerpos cercanos. Con paciencia arman un pequeño fuego sobre las piedras grisáceas; traen bolsas, sandalias y ropas polvorientas. Lentamente, sintiendo el dolor de la piel tirante, acomodan sus cuerpos sobre un tronco negruzco, con raíces que abren la tierra, y discuten un tiempo antes de dormir un inmenso día caminado.
Dios, quiénes son los que me siguen, los débiles que te siguen, la caminata sedienta por el desierto, el futuro y los milagros dejados atrás: Jesús enumera los temas con angustia mientras Judas se desarma y lo interroga con ternura. La pregunta sobre su naturaleza es una tentación para Judas pero Cristo no puede aclararla. Ante el gesto, reflexivo e inocente del hacedor de cruces, Judas decide no cuestionarlo.
-Sabes que he venido a matarte, pero estoy decidido a esperar… esperar a…
Jesús no se sorprende por aquella sinceridad y corvando su flaco lomo le ofrece el cuello.
Los dos hombres se escuchan queriendo averiguar lo mismo, como perros y ángeles que son. Soldados desechos en la violencia, el cuerpo castigado de María Magdalena, Israel o el alma, todas las pasiones vivas sin los rencores de un libro que todavía debe escribirse. Así discuten con lealtad, al mismo tiempo que los ojos de Judas parecen pedir perdón y los de Cristo se conmueven con el gesto de su ardiente compañero.
Judas deja el cuchillo y aviva el fuego con una rama, después le pregunta por su padre. La voz del enamorado se convierte en un susurro agrio que retumba bajo las manos cansadas pero comprensivas del nazareno; que continúa hablando de la justicia que debe lograr el cuerpo a través del alma.
Jesús, sin demasiadas certezas sobre la presencia de aquel misterio en él, como en una alucinación magnífica, confiesa deseos asesinos apenas sofocados por la presencia de Dios y sus palabras de amor. Judas quiere besarlo, pero un aliento desconocido lo detiene. El nazareno intuye el deseo y se abraza al cuerpo del fiel. Había una caricia y un beso invisible recortándose de las pieles de esos hombres, pero sus cuerpos parecían sin permiso. Era el sexo imaginado por uno y olvidado por otro.
-Deberíamos descansar, intentemos no pensar en esto que estuvimos hablando… Mañana debemos ver al bautista. Ese amigo que trae claridad con las corrientes del Jordán.
Después de escuchar con prisa, apasionado por interrumpir, Judas, cuenta las raíces del enorme árbol que les tapa la noche y parece dispuesto a dormir. Siete raíces donde descansar, piensa.
Acomodándose las ropas para cubrirse la cara del viento, Jesús invita a su amigo a terminar con las palabras: Judas se recuesta sobre el carpintero y le alcanza la mano para sostenerla sobre su hombro. Se duermen apenas unos minutos después, mientras una enorme negrura los mira y los acompaña.
Era el mejor de sus tiempos, era el peor de sus tiempos.