Amsterdam
Callejuelas de museo,
duermen la siesta
con apasionada quietud.
Conocidas de los enladrillados de flores,
con el mar cuidándolas
como amenaza divina,
en una invisible brusquedad,
metros arriba de nuestras andanzas;
ese impensado entusiasmo
de la calle desconocida
que nos permite estar donde nadie
nos extrañe y poder morir.