Tarde me entero de todo,
así me sucedió con la última marea
y con los vuelos de los pájaros.
Creía que todo era estático.
Y cuando percibí un movimiento,
el incansable suspiro de la tierra ajena al todo,
un ballet natural
o una ballena irreal envuelta en una melodía con sordina
yo ya no estaba.
Una quietud alucinada por los magos de la literatura
me arropó mostrándome el verdadero transcurso del tiempo.
Era un fino manto de percal sin manecillas ni números.
Una delicia conquistada
de pares alunados
Los polos se me expusieron
y tuve que ocultar y callar para ser hombre.
Así leía los diarios sin cansarme,
sumiso sin herencia,
sin prestar atención a las señales de la lluvia;
ni ventanas tenía para curiosear.
Se vivía de los pobres que sin pan para el espíritu
calmaban nuestras frustraciones.
Consuelo, ay ese consuelo que llegó solo unas pocas veces,
quizás cuando nos amamos en ese pueblo arruinado
o en el recuerdo de esas discusiones literarias encendidas.

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