La pintura cansada
Huyendo a Nápoles inútilmente
El Bautista loco y desnudo
Abraza una cabra también rechazada
Como serpiente blanca
Jugando encantada
Se enreda en toda la sombra
Orgulloso de su pálida niñez

Resoplando sin dientes
Ni corajes domésticos
Entre pinceles como acantilados
Y ofensas como retratos
El príncipe rubio
Límite del lienzo oscuro
Acuesta y duerme la violencia final


Marilyn Monroe explota un Neiman Marcus
Lo que asombra de aquellos inescrupulosos sin sed, que escriben como arroces poco soleados alimentando el cinismo de críticos y poetas cristeros mientras consiguen despertar nuestro más frío tedio, es que viven para dilapidar sus botines de joyas falsas en cualquier cocktail gris de New York o Los Angeles, y terminan como hechizos con demasiada resaca deambulando las alcantarillas doradas; lejos del ritmo, del vértigo, de las ciudades realmente encendidas. Se creen dueños de nortes y ferrocarriles literarios solo porque un partido villano de compadres los lleva por un valle de reidores amables y limpios; todos igualmente prolijos y emplumados. Su humor es pretencioso y olvidadizo, nunca implacable, incluso para las palas de los enterradores oficiales; pero debería ser juzgado y pasado por armas de agua y origamis de cuero del Este más abandonado. Sus versos no soportan verdaderos trémolos ni iguanas pacientes contemplando la selva; inexplicablemente los murmullos de los ancestros le son ajenos a sus parietales encerados por los tiempos más acostumbrados y ajenos al ingenio. Todo lo que escriben estos supersticiosos enjaulados carece de médula y arquitectura, y, naturalmente, se vuelve preso de piojos escurridizos y masajes esquizofrénicos, de clichés aclimatados a los vientos más dulces y salpicones de aves que nunca volaron o le robaron un gusano a nadie. ¿Cuándo entenderán que la burla y la congoja son inimitables pararrayos? ¿Cuándo abandonarán sus confidencias de mal gusto y sus cuentos llenos de monjes que se bañan con cocodrilos; sus magros infortunios políticos y las fantasmales declaraciones de amor cautivas de una miel vieja? ¿Cuándo reconocerán que su ayuda no vale siquiera la mesa de luz en la que los incautos fascinados apoyan sus libros mientras duermen? ¿Cuándo rebelarán, en definitiva, todo lo inciertos y opacos que realmente son en privado y esconden, torpemente como niños borrachos, en una conversación o un libro cualquiera?


Acto de ilusión
Un magnetismo revolviendo la nada
desoye el incómodo pasado
donde habita lo que dejamos de ser
Por un momento voy a recordar las cosas
con cierta robustez aireada y
algún canto amarillo precoz
Un lugar canónico desaprendido
y la magia elástica esperanzada
otra vez nos celebra
Damos besos al color
al huérfano feliz que somos
escondidos de las disciplinas hirientes
Pero aún somos carnes inevitables
nos advierte la ciencia
encantando nuestra debilidad
Matemáticos con las manos en el barro
ingratos que niegan gatos negros y
las bajas de la guerra